Xavier Aldekoa: “Quiero creer que me dejaría matar por salvar a alguien, pero tengo dudas”

África no es un país, es un continente. La mirada del resto del mundo hacia este territorio suele ser de reojo, por eso se cree que solo pasan desgracias, y desde lejos, por eso se ve pequeño. Xavier Aldekoa (Barcelona, 1981) se encontró con la realidad africana con algo más de veinte años. Lo ha visto casi todo en Malí, República Democrática del Congo, Camerún, Sudáfrica, Botsuana, Nigeria, Sudán o Mozambique. Busca historias para mostrar la verdad de una población desconocida que muchas veces ni siquiera tiene el derecho a ser pensada más allá del salvajismo, y es que ahí debajo quizás sepan más de bondad de lo que podamos imaginar. “Valorar lo que tenemos, las pequeñas cosas y las que no se pueden palpar” es la lección personal de este periodista corresponsal de La Vanguardia en África y cofundador de la Revista 5W. “Es importantísimo tener la humildad de saber que conoces muy poco” es su Ítaca profesional. Nos recibe desde Barcelona con la maleta caliente. Ya sabrá por qué.

 

 

Estoy viendo detrás de ti el Guernica. ¿Te gusta el arte?

 

Sí, de hecho empecé Historia del Arte antes que Periodismo. No entré por una décima a Periodismo y durante un mes estuve yendo a la facultad de Historia del Arte, pero cada día iba a insistir a la recepción de Periodismo por si había alguna baja. Durante un puto mes iba a decirles que quería estudiar Periodismo y yo creo que al final se cansaron de mí y me dejaron entrar. El arte me gusta mucho, el Guernica lo tengo en todos lados.

 

Ahora te pillamos en Barcelona, ¿cuándo has llegado y cuándo te vas?

 

Llegué de Madagascar hace unos diez días y en marzo empiezo otra vez un montón de viajes previstos: Níger, República Saharaui, Cabo Verde y Etiopía.

 

¿Ya sabes los reportajes a los que te vas a enfrentar?

 

Estoy haciendo un proyecto de las rutas migratorias africanas hacia Europa, empecé el año pasado con los compañeros de Ruido Photo, en el que vamos a los diferentes países para ver el origen. En Níger, han empezado los rescates en el desierto, es un poco la idea del Mediterráneo de ir a rescatar a las personas, pero en el desierto, que dicen que muere tanta gente como en el mar, pero no tantos emigrantes o refugiados. Más motivado ahora que antes porque Europa ha hecho acuerdos con los países de la zona para que no pasen emigrantes. El que conduce, el traficante, cuando ve que hay policía o que hay peligro de que lo pillen, saca una pistola y los echa a todos del coche, porque así no pueden saber que es traficante y abandona a las personas a su suerte en el desierto, y en el desierto, lógicamente, duran tres días, porque a lo mejor están a doscientos kilómetros de la ciudad. Entonces, lo nuestro es una ruta a ciegas, no sabes si vas a ir al lugar y no hay nadie o vas y te encuentras los cuerpos. Si nos sale, lo que haremos es tratar el tema de la inmigración desde otro punto.

 

Dices que siempre vuelves de África con más preguntas que respuestas, ¿qué preguntas te surgen al salir del continente?

 

Depende de lo que haya visto, pero, por ejemplo, una que me he hecho alguna vez se da cuando hablas con alguien que realmente es malo, como un asesino, un violador, alguien realmente despreciable... me hago preguntas de cómo sería en un contexto similar. Quiero creer que yo no sería así, que sería un héroe, que yo me dejaría matar por salvar a alguien, pero tengo dudas. Hay gente buena y hay gente mala, y yo no sé en qué campo estaría, todos sabemos en qué campo querríamos estar, en el de los buenos. Pero probablemente el malo con el que acabo de hablar, ya sea el violador, el asesino, el torturador, si le hubieran preguntado en un contexto como el mío, diría que él nunca habría hecho eso.

 

¿Estás de acuerdo con las expresiones “tercer mundo” o “primer mundo”?

 

No, sobre todo por la cuestión de clasificar y poner en un segundo plano, es como decir “yo soy el primer mundo, yo soy el primero, y ellos están detrás, en el tercero”. No es algo que diga yo, es una discusión antigua, hay otras denominaciones como “países en desarrollo”. Lo que no me gusta en el caso de África es que se incluya toda África, y ese nombre acaba siendo una trampa en la que cuenta igual Sudán del Sur en esos países en desarrollo como Sudáfrica o como Ruanda, y son totalmente diferentes. Es una etiqueta útil, como decir Occidente o Europa, pero que al final reduce la diversidad de un territorío y, sobre todo, su realidad y su cambio, su evolución, que es muy interesante.

 

¿Qué te esperabas encontrar la primera vez que viajaste a África hace más de diez años?

 

Nunca iba a África con ansia de aventura, eso es algo que jamás me ha motivado. Lógicamente, a mí me gusta viajar, me gusta conocer a gente, pero siempre que he ido al continente africano lo he hecho con la motivación de ir a trabajar, buscar historias, reportajes. Tengo prejuicios y los tenía también entonces, probablemente los típicos: un sitio muy complicado, y al final te das cuenta de que es mucho más fácil cuando estás en el lugar porque la gente te ayuda.

 

La descripción de tu perfil en la Revista 5W pone: “A menudo le preguntan por su rutina durante más de una década como periodista en África. Nunca le han hecho esa pregunta en África”. ¿Qué quieres decir con esto?

 

En África pasa algo curioso, y es que a la gente no le molestas, entonces tienes mucho tiempo para preguntar, te dedican mucho tiempo para interesarse por cómo estás tú, cómo es tu familia. La pregunta de “cómo es tu rutina” ni siquiera es necesaria porque ya estamos hablando mucho, ya te van preguntando quién eres, dónde estás... Esa cuestión busca resumir lo imposible en pocas frases: cómo trabajas durante diez o quince años diariamente en una profesión especialmente como esta en la que un día estás en un país y otro día estás en otro, incluso cuando estás en un país, cambias un montón de uno a otro día... pues pretende resumir eso en cuatro líneas. No me pasa porque en África normalmente la gente tiene tiempo y tiene esa pausa para interesarse por los demás y no cabe una pregunta intentando resumir tanto la vida.

 

Muchas personas en África viven aisladas de lo que sucede en el resto del mundo, no tienen acceso a medios de comunicación... ¿somos más felices en la ignorancia?

 

No no no. A mí la frase de que “son felices sin nada” no me gusta en absoluto. No, la gente necesita unos mínimos de dignidad, necesita comida... cuando eso falla, no son felices, no me vale que haya unos niños en un momento dado riéndose. Sería tan insultante como que a nuestros abuelos, durante la Guerra Civil, les viniera un americano o un extraterrestre y les dijera “los españoles, aquí desgraciados y muertos de hambre, pero míralos qué felices porque se han reído”. Pero sí es verdad que en los territorios donde hay mucha calle, donde hay mucha vida social, la gente es más abierta, y ese contacto con los otros te produce alegría. En todos los países del mundo donde la gente sale a la calle, donde las redes sociales son de verdad y no digitales, normalmente el ánimo es diferente. Pero eso lo ves en Europa también, donde en el sur, hay más terrazas, más conversación... y hay un tono más alegre. Pienso en las terrazas de Egipto donde se habla de política de una manera animada, hasta cualquier calle de Kenia donde es supernormal entablar conversaciones, también en furgonetas públicas donde se apiñonan ahí veinte personas, pero es imposible hacer un trayecto sin hablar. Y eso es algo que estamos perdiendo, porque cuando hablo con mi madre o con mi abuela, que iba en tren desde el norte hasta Barcelona, decía que era imposible en un trayecto así no solo no hablar, sino acabar compartiendo el almuerzo, compartiendo la vida prácticamente con el compañero de al lado. Y yo ahora, cuando voy de Barcelona a Madrid en AVE, no hablo con el que tengo a mi lado, saludo y ya está. Estamos perdiendo esa calle que, de alguna manera, genera alegría, porque al final somos animales sociales.

 

Tú siempre dices, además, que los africanos se suelen ayudar mucho entre ellos.

 

Es peligroso idealizar, no hay países más buenos que otros, por lo tanto en África tampoco. África no es que sea mejor que otro continente. Lo que quiero decir aquí es que hay una cierta bondad que aparece ante un escenario desesperado. Igual que aparecen verdugos, asesinos o gente que se aprovecha cuando todo se derrumba alrededor, la gente se ayuda. Hay personas que deciden tejer unas redes sociales porque es lo único que les sostiene, ya que el Estado no les ayuda. Y esas redes sociales se basan en la confianza, en la bondad, en el compañerismo, en la solidaridad. Probablemente, hay un punto de supervivencia en ello, pero cuando la situación es tan tan complicada, hay unas demostraciones de bondad brutales, gente que ayuda a los demás cuando no tiene prácticamente nada o cuando es muy arriesgado. Recuerdo a un conductor de furgoneta en Nigeria, vinieron a matar a su vecino por cuestiones de musulmanes y cristianos, y le escondió en la buhardilla de su casa durante un par de semanas. Cuando te lo explica, dices “¿arriesgaría mi vida y la de mi familia por mi vecino o por mi mejora amigo?”.

 

Después de haber estado en Malí, República Democrática del Congo, Camerún, Kenia o Nigeria, ¿qué deja de ser un problema para un occidental como tú? En una experiencia vital como la tuya me imagino que uno aprende a relativizar…

 

Eso intento, pero es un esfuerzo diario valorar las cosas. Sería un error ponerme en una situación moralmente superior porque yo haya visto muchas cosas. Al final ves que tienes contradicciones como todo el mundo, la diferencia es cómo gestionas esas contradicciones. Yo las voy a tener siempre de una manera material; cuando estoy en un campo de refugiados... se está muriendo muchísima gente, y unas horas después, cojo un avión porque tengo que celebrar el cumpleaños de un amigo. ¿Te vas a poner a decirles que no beban cerveza porque esa cerveza cuesta como la comida de esa gente? O yo mismo, lo que me gasto aquí en un café o en el móvil tiene un punto obsceno si lo comparas. Así que, intento, eso sí, valorarlo todo mucho y que la gente de mi alrededor valore mucho lo que tenemos, pero no solo las cuestiones materiales, sino lo que no podemos tocar: la seguridad, la tranquilidad de poder ir por la calle caminando, la posibilidad de estar informados, la posibilidad de querer saber lo que está pasando en Bangladesh y tener acceso a ello en un minuto... son privilegios de los que no somos conscientes. La mayor parte del mundo no puede tener acceso, a mí me preguntan mucho cómo es Barcelona, cómo vivimos aquí, cómo son las calles... y esa ansia, esa sed de conocimiento no la pueden saciar porque en las situaciones dramáticas no tienen acceso a internet ni a libros, y nosotros sí. Es un privilegio brutal y me da la sensación de que nosotros ni siquiera lo pensamos y a veces incluso lo desprovechamos. El valorar lo que tenemos, las pequeñas cosas y estas otras que no se pueden palpar, es lo que intento trabajar para ser consciente.

 

¿Cómo es eso de que acostumbras a decidir por la noche a qué hora empieza el día siguiente?

 

Eso viene de que yo soy un poco caótico. Me pasaba mucho en Sudáfrica, al ir a la cama o antes de levantarme, pensaba qué quería hacer en el día, y cuando no tenía planes, salía a caminar o con el coche a visitar algún barrio que no había visitado por si acaso salía algún tema. Había veces que iba en el coche y decidía en el semáforo si me iba a la derecha o a la izquierda, y a partir de ahí, mi día. Esa manera de actuar fiándome de lo que me apetece o de lo que siento en ese instante es una forma bastante común de actuar para desesperación de mi pareja muchas veces, que me dice “tío, pon un poquito de orden en tu vida, porque si no, esto va a ser muy complicado de seguir” (risas). Esa manera de trabajar y de vivir basada en la intuición... intuición no sé si es la palabra, o por la sensación de que puede ser interesante, a mí me gusta. Por la intución, decido quedar con gente para tomar cosas. También es porque soy malísimo haciendo planes, entonces es una táctica de supervivencia.

 

¿Con qué sueña un niño africano?

 

Eso me lo preguntó el hijo de un amigo justo cuando volvía de Sudán del Sur, y ¡hostia!, fue una pregunta dura porque además acababa de venir del país y Sudán del Sur estaba viviendo una situación muy complicada de guerra. Depende, en Sudán del Sur recuerdo que hacían juguetes con barro, ametralladoras, helicópteros... Pero, por ejemplo, ahora acabo de volver de Madagascar y he estado con Marcelline, una niña que tenía que andar ocho kilómetros, dos horas prácticamente, además unas cuestas empinadísimas porque vivía en la montaña, para ir a la escuela, y Marcelline soñaba con poder acabarla y tener un trabajo. Es la única que está escolarizada de su familia, la única que habla francés. Así que los sueños son más grandes o pequeños dependiendo de la realidad de cada uno. Recuerdo que en el libro El hambre, Martín Caparrós le pregunta a una mujer cuál sería el deseo que pediría, y le contesta que pediría una vaca, y Martín le dice que puede pedir lo que quiera, y ella le replica que entonces pediría dos vacas. Esa limitación que te da la pobreza es durísima, el no saber tus derechos o no saber ni siquera hasta dónde pueden llegar tus sueños. Si estamos hablando de un niño en un conflicto de una zona muy complicada, probablemente sus sueños sean más cortos, más básicos: la paz, la tranquilidad, la comida... Y si nos vamos a países donde hay un desarrollo o en Sudáfrica o Ruanda o Botswana, los sueños probablemente sean parecidos a los de aquí: que me visite Spiderman o que me regalen una pelota de fútbol en mi cumpleaños.

 

Se suele ver a los niños con camisetas de fútbol de equipos españoles, ¿qué es para ellos el fútbol?

 

El fútbol es una puerta de entrada genial para hablar con la gente y también es una manera de diversión global. Eso lo ves siempre, y no solo por la cuestión del juego en sí, sino por los sueños que despiertan las estrellas de fútbol. Eso sí lo he visto mucho. En Somalia, por ejemplo, recuerdo unas pintadas en una pared con la alineación del Barça en la época de Ronaldinho y Eto'o... y habían pintado en el centro del campo el nombre de Zidane. O sea, en el medio de la guerra en Somalia, en una pared destrozada de un edificio de tres plantas, había unos cuantos niños que además habían pintado otras cosas: ametralladoras, brazos cortados, sangre... y había uno que había puesto un campo de fútbol y había soñado con que en su Barça jugaba Zidane. El fútbol es una vía de escape, es una manera de evadirse, como lo es aquí también, pero en algunos contextos complicados, pues lo es más. También es un refugio, pienso por ejemplo en las chicas lesbianas de Sudáfrica. En este país hay una cosa terrible, que es la violación correctiva, aunque tiene una de las constituciones más progresistas del mundo, la sociedad va por detrás. Parte de la gente no acepta la homosexualidad y a las lesbianas las violan para que vuelvan a ser heterosexuales. El fútbol se convierte en el único ambiente donde no les miran raro o se sienten amenazadas por el hecho de estar compartiendo espacios con amigas, y hay chicas lesbianas a las que no les gusta especialmente el fútbol, pero la pelota es un refugio... si están en una casa toda la tarde o se reúnen con sus amigas, pueden estar hablando de fútbol, y entonces se convierte en un espacio de salvación para esta gente.

 

¿Y cómo llegan a conocer los niños la alineación del Barça?

 

Depende, recuerdo en el lago Chad por ejemplo, una zona muy castigada por los fundamentalistas de Boko Haram, que me encontré a Daniel, un chico que decía que era del Barça y hacía prácticamente un año que no veía un partido de su equipo, pero escuchaba los partidos por la radio. Además, justo lo conocí después de la remontada contra el París Saint-Germain, que en aquel momento nos pareció que era la puerta de entrada a una Champions League... que acabaría ganando el Madrid para mi desgracia (risas). Pues recuerdo el partidazo, una remontada brutal, y Daniel no la había visto, se la enseñamos en el móvil porque me pasaron un resumen de los seis goles y cuando se puso a mirarlo, alucinó... me dijo “¿quién es este portero?”. Porque él conocía a Víctor Valdés, pero Valdés hace muchos años que no está en el Barça. Entonces, me di cuenta de que, aunque era del Barça y estaba flipado por Messi y demás, el fútbol no era algo tan visual como sí algo que le acompañaba, algo que escuchaba. Además, él vivía en un campo de refugiados que estaba como a doce kilómetros del poblado, en esa zona hay toque de queda, no hay electricidad... él lo veía por radio. Tal como digo esto, luego, en las zonas no solo ricas, en Chad mismo, en la capital, la gente va a los cines a ver fútbol o los ve en su casa, pero normalmente sí que es verdad que este deporte suele ser algo muy social.

 

¿Por qué la mujer es clave para entender África?

 

Porque es la pieza más fiable. De nuevo, generalizarlo es equivocarse porque siempre hay errores, lógicamente hay hombres admirables, pero en una situación muy complicada, la mujer siempre es la pieza más fiable. He visto en guerras a hombres, probablemente con razones, pero totalmente idos o que se gastaban el poco dinero que conseguían en alcohol o en prostitución, y eso cambia cuando hablas con una madre. Una madre normalmente no piensa en presente, sino en el futuro inmediato de sus hijos, y aunque una mujer no tenga hijos, piensa en el futuro igualmente. Y eso significa en plata que si tú le das comida a esa mujer que tiene a tres niños hambrientos, esos tres niños hambrientos van a comer y va a hacer todo lo posible para que esos trozos de pan duren hasta mañana porque mañana van a rugir las tripas igual que hoy. Esa manera de pensar en los demás y de protegerlos en su futuro inmediato es un valor increíble en una situación muy complicada. La mujer es un pilar básico en las casas africanas, se encarga del trabajo, de los hijos, de la educación muchas veces, de trabajar a destajo...

 

En España, y en el resto del mundo, vemos África como un lugar en el que solo hay salvajes, ¿de quién es la culpa?

 

Aquí habría que repartirla entre todos. Los medios de comunicación hemos optado normalmente por lo fácil, que es lo espectacular, lo salvaje, sin crear el marco necesario para entenderlo. Si tú a una situación le quitas el contexto, y aquí se sigue poco normalmente el contexto de lo que ocurre en África, lo que haces es quitarle las raíces y las conexiones empáticas. De hecho, algo así le pasó a un amigo en un cine de Mali hace mucho tiempo. Estaba en Bamako viendo un documental de Auschwitz, me parece que era, vieron la imagen de un judío con el pijama de rayas, y todo el mundo se puso a reír. Mi colega estaba horrorizado, ¿cómo se podían reír? Y te das cuenta de que cuando tú no creas un contexto, cuando no explicas que es impensable reírse porque es durísimo lo que ha pasado, ocurre eso; aquí nadie osaría reírse porque nosotros sabemos lo que ha ocurrido en Auschwitz. A nosotros nos pasa igual con el salvaje que está empuñando un machete y persiguiendo a otro, si le quitas el contexto, si no creas ningún puente de empatía, al final lo que ves es salvajismo, es brutalidad, entonces durante mucho tiempo nos hemos quedado así. Repartiría más las culpas también a nivel países europeos que ven en África un lugar para explotar. Las oenegés también han abusado de la imagen patética de la pobreza para ganar donaciones. Creo también que eso ha ido cambiando poco a poco, pero ahora hay un peligro, como hay una crisis en los medios de comunicación, no se envía a los periodistas a los países y eso hace que no se humanice la información en África. Al final, si solo se viaja de la mano de las oenegés, se observa una parte muy reducida y parece que el continente necesite ser salvado, porque siempre ves a occidentales ayudando a africanos. Pierdes todo lo demás, todo lo que debería equilibrar el continente, que es una zona a rebosar de música, de cultura, de economía, de start up, de deporte... de otro tipo de cosas que no solo son las de siempre. Entre todos, hemos ido creando una imagen africana negativa.

 

¿Crees en la labor de las oenegés en este continente?

 

Me parece que hacen un trabajo extraordinario en las emergencias, cuando hay una situación de sequía o cuando hay una ola de refugiados a la desesperada por la guerra. Salvan muchísimas vidas porque son la única asistencia. Cuando eso se estanca y una urgencia se convierte en una manera de vida para la gente, en una forma de hacer negocio... estoy pensando en el campo de refugiados de Dadá, que se fundó en 1991, donde han nacido personas y donde siguen viviendo porque no han salido, no han podido regresar. Hay gente con la que me quito el sombrero, que hace una labor extraordinaria, pero también hay gente que yo creo que se aprovecha y gana unos sueldazos a costa de ayudar en un contexto difícil. Habría que ver cuánto compensa el dinero que se gasta en cada kilo de arroz que llega hasta allí para justificar si ese trabajo es humanitario o un negocio.

 

Poco se habla de los animales en África. Tú has hecho algún reportaje sobre la caza de rinocerontes y el negocio del marfil.

 

En Sudáfrica hay una polémica muy grande: están acabando con los rinocerontes, y eso es gravísimo porque el 90% de ellos africanos están en Sudáfrica. Desde hace cinco años, matan a más de mil cada año. Si seguimos así, en quince años ya no habrá rinocerontes. Recuerdo que hubo una campaña en la que se ponía un cuerno de plástico de color rojo delante del coche para concienciar contra la caza furtiva del rinoceronte, de su cuerno, que se envía a Asia. Dicen que cura el cáncer y que es un potenciador sexual. Hubo una gran polémica porque se convirtió en una causa de los ricos, porque solo los ricos se preocupaban del medio ambiente. Sudáfrica es así, a un lado de la carretera hay mansiones brutales y en el otro hay chabolas reventadas... la gente de las chabolas criticaba a los pijos blancos y a los pijos negros que defendían a los animales. La única manera de solucionar esta situación es implicar a todo el mundo, intentando que la desigualdad baje. Es un tema complicado. Me preocupa muchísimo lo que está pasando en el continente africano: el 40% de los leones ha sido aniquilado en los últimos años, 75.000 elefantes son asesinados cada año por el marfil... nos los estamos cargando, algo que ya hemos hecho en Europa, donde antes había linces, lobos, osos, bisontes... Lo mismo está pasando en África, además, por una cuestión de negocio, ni siquiera por el progreso, no, por negocio puro y duro de mafias. Es una pena porque cuando acabas con algo así, regresar al estado inicial es muy complicado.

 

Cuando hay un atentado en Europa, se habla de las personas, de quiénes son los fallecidos. En África, eso no pasa. Tú que eres, digamos, el nexo entre los dos lugares, ¿nos importa a los españoles la vida de los africanos?

 

Si hablamos de los españoles, no creo, pero sí hay gente que mira hacia el otro lado, que se interesa por lo que pasa en el mundo. Mi sensación es que eso crece más en la sociedad que en los medios de comunicación. Los medios de comunicación se basan en la importancia de las cosas, pero sobre todo en la influencia que tengan en Occidente. Por eso que se mueran doscientas personas en el Congo no tiene influencia en Occidente, y, en cambio, que Merkel mañana decida que se va sí la tiene. Es evidente. También soy consciente de que puedo tener una visión desdibujada porque yo me dedico a África, he escrito unos libros que se han vendido bien y la gente que me viene a ver está interesada. Sería un error pensar que eso es España, pero la sensación que tengo es de que si ofreces la posibilidad de acompañarles a descubrir una realidad diferente y lo haces con toda la honestidad, hay mucha gente dispuesta a hacer ese viaje, atravesar el puente y mirar al otro lado. Cuanto más ofrezcas, más gente habrá interesada en el continente.

 

¿Cómo se puede cambiar la situación de África desde Europa?

 

Probablemente, desde Europa no se pueda cambiar. Se tiene que cambiar la forma de aproximarse al continente desde Europa, con más respeto y menos intereses. Eso sería un inicio. Puedes ayudar, pero desde el momento en que ayudas con intereses ya no estás ayudando, estás llevando a cabo los planes que quieres. Hay muchas cosas que deben cambiar y a mí me cuesta mucho buscar soluciones. El periodismo no es una varita mágica. Me resulta muy difícil saber cómo pueden cambiar las cosas. Sí tengo la sensación de que tiene que cambiar desde dentro y desde el pueblo, así han cambiado las cosas en la historia de la Humanidad y no creo que en África tenga que ser diferente.

 

Rescato una frase tuya en la que dices “tu mirada no es suficiente, por eso escribir es una consecuencia de entender”. Esta podría ser la máxima del periodismo que tú practicas.

 

Sí, la tengo muy presente. Es importantísimo tener la humildad de saber que conoces muy poco, de decir “explícame esto”. Los pequeños detalles te los pierdes si no preguntas. Mi trabajo se basa en el privilegio de escuchar, que es maravilloso. Intento observar mucho, fijarme, ser muy curioso, pero a partir de ahí, en un sitio donde hay lenguas diferentes, es indispensable que los demás te lleven de la mano para explicarte las cosas. Luego tienes que intentar saber lo máximo para que las preguntas sean lo menos erróneas posibles. Cuando has trabajado algo y conoces muy bien la situación, las preguntas son mejores. Mi trabajo es hasta la pregunta porque la clave aquí es la respuesta, que te permite entrar en ese mundo. Después, la habilidad de poder explicarlo bien depende de ti.

 

En España, la situación de Cataluña es uno de los temas que más preocupan a los españoles. En África, ¿qué asuntos quitan el sueño a sus paisanos?

 

Los mismos que a todos, en eso no somos diferentes. Nos preocupa la felicidad de los nuestros, el futuro, la paz en el caso de que no la tengas... eso es igual en África. De hecho, el principal motor de la ola de refugiados es el amor por los tuyos, si no, ni de broma mucha gente se mete en un infierno como es el desierto de Libia, donde puedes morir. No es ambición, porque desde aquí, la ambición la vemos como querer tener un trabajo y dinero, la ambición te lleva a ser osado en algunos casos, pero no a jugarte la vida. Lo que te lleva a jugarte la vida son valores mucho más grandes como la libertad, la paz, pero sobre todo el amor a los tuyos. Mucha gente sigue adelante aunque estén acojonados porque es la única manera de ayudar a los que se quedan, de darle un futuro mejor a su familia. Eso ha movido a la humanidad y la sigue moviendo ahora, es un motor enorme. Me parece que no decirlo o no subrayarlo, de alguna manera, es deshumanizarlos, como si fueran de segunda porque vienen aquí a por trabajo y a por dinero. No no, vienen por amor porque son seres humanos como nosotros y lo que quieren es que los suyos vivan mejor.

 

A la hora de contar todo lo que vives en África, dices que escribes básicamente por envidia.

 

Porque hay gente que escribe muy bien. Admiro mucho a la gente que escoge las palabras exactas para explicar la vida. Cuando leo a grandes periodistas como Manuel Jabois, Ander Izagirre, Julio Camba... me fascina cómo pueden llegar a crear una atmósfera para transportarme a los sitios. Me parece extraordinario. Explicar las cosas bien es una de mis grandes preocupaciones. Por eso escribo por envidia, para ver si consigo acercarme un poco.

 

Trabajas para un medio de comunicación tradicional como La Vanguardia, pero también eres cofundador de la Revista 5W. El 'viejo' periodismo frente al 'nuevo' periodismo.

 

La diferencia es la pausa. En 5W o en los libros encuentro esa pausa para poder reposar las cosas y darles una longitud mayor, pero el trabajo en el terreno no cambia demasiado, puede cambiar la celeridad si lo tengo que explicar al día siguiente. Si acaba de dimitir el presidente de Sudáfrica, genera prisa y unas necesidades diferentes. La mayor parte de las cosas que publico son temas atemporales, no están ligados a la actualidad, por eso la diferencia no es tanta. Si se tratan con cariño, me parece que todas las plataformas son buenas.

 

Una vez te preguntaron que cuál es el mayor enemigo del periodista. Respondiste que el propio periodista y su ego. ¿No podría serlo más bien precisamente el tiempo, o los tiempos que corren?

 

El ego es el mayor asesino de talento en el periodismo porque puede malbaratar el tiempo que has dedicado, por eso digo que es el principal enemigo. Es verdad que la falta de tiempo lo es porque, si vas con prisas, sobre todo en temas humanos, lo que estás haciendo de alguna forma es agredir al otro. No puedes entrar con prisas a alguien si ha sido violado o si ha perdido a un hijo por una cuestión de respeto. Pero el ego puede malbaratarlo todo. Si te pones por delante, una vez hecho todo ese trabajo, te equivocas. Si crees que lo importante de la historia es cómo has llegado hasta el sitio, el supuesto riesgo que has pasado, que siempre es menor que el de la gente que está allí, al final haces un mal trabajo. El ego es traidor porque siempre vuelve, aunque hayas tenido una carrera en la que hayas sido muy humilde, puedes caer en ello. Es una profesión en la que el aplauso, el me gusta o el retuit hace daño. Es un esfuerzo diario.

 

¿Te has planteado abandonar África para acudir a otro lugar, o tu misión no ha acabado?

 

Llamarlo misión me parecería muy de flipado (risas). Me lo paso tan bien, me interesa tanto y aprendo tanto que no tengo ninguna necesidad de irme. También me interesan otras cosas, otros lugares con calle. Claro que me iría a otro sitio, pero al final tienes que ser consciente de tus limitaciones. Me estoy intentando especializar en un continente hipergrande con una diversidad brutal y ya me parece imposible, como para agrandarlo aún más. Poco a poco voy consiguiendo un equilibrio en el conocimiento del continente y si ahora me voy a China tengo que empezar otra vez de nuevo y creo que aquí me queda muchísimo por hacer. Me han ofrecido hacer deportes y seguir al Fútbol Club Barcelona, que habría sido una gran noticia para mis amigos porque me acompañarían a los partidos, me gusta mucho el deporte y tengo una columna en La Vanguardia que disfruto muchísimo, pero me gusta mucho lo que hago. Si conservas la pasión, no veo por qué cambiar. Si eso cambia, ya veremos lo que hago, pero espero que no sea así.

 

Una película.

 

Me sorprendió y me gustó muchísimo Ciudadano Kane. Tengo la mala suerte de ser muy mal cinéfilo, pero mi compañera sabe mucho de cine y me obliga a tapar los huecos de ignorancia que tengo en ese sector. Me dice “a ver, no puede ser que no hayas visto Blade runner, pero a dónde vas tú en la vida sin haberla visto” y me pone delante de la pantalla a verla. Ciudadano Kane me parece un clásico, no soy nada original.

 

Una serie.

 

Empecé Juego de tronos y no me acuerdo ni dónde la dejé, si en la primera o en la segunda temporada. Me lío mucho con los nombres, soy muy malo. Vi durante un tiempo desesperadamente como un yonqui The walking dead. Es malísima. Yo mismo sabía que era muy mala y quería no verla, pero la veía. Por eso digo que parecía un yonqui. ¿Qué hacía perdiendo el tiempo con esos tíos? La única que vi entera, hace siglos, es The wire, que me parece brutal. De nuevo, soy super poco original. Terrible.

 

Un libro.

 

Debo decirte que le robo a Júlia los libros de la mesita de noche porque ella es una gran lectora. Entonces, cuando veo que alguno le interesa demasiado, se lo robo además con traición y alevosía, se lo quito y me voy de viaje, que es lo peor que le puedes hacer a alguien que está en medio de una lectura. Se lo he hecho muchas veces. El corazón de las tinieblas me parece que es un libro muy chulo. Ahora mismo, estoy a punto de acabar Pequeño país, de Gaël Faye, que lo ha petado en Francia y se ha traducido a más de treinta idiomas. Luego hay un montón de libros que me parecen extraordinarios. En el último viaje, me llevé dos de Camus, por ejemplo.

 

Una canción.

 

It's all over now, baby blue, la versión de Van Morisson. Siempre escucho música para escribir, y a veces de una manera enfermiza y loca. Escucho la misma canción cientos de veces seguidas. Me pongo cascos, eh, no martirizo a mi familia. Me sirve mucho para crear una concentración, me permite fijarme mucho. Los libros, tanto Océano África como Hijos del Nilo, los escribí con veinticuatro canciones. Ya te puedes imaginar la de veces que escucho las mismas canciones. Tienen que tener una cadencia especial. Me gusta mucho Bruce Springsteen o Patti Smith. Soy de la nueva hornada, mis gustos musicales se han renovado.

 

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