Màxim Huerta: “Los nacionalistas me recuerdan a las beatas, no se cuestionan nada”

 

La pared a espaldas de Màxim Huerta (Utiel, Valencia, 1971) dice que “vivir es un asunto personal”. Ni queriendo podría existir mejor contexto para esta entrevista. Antoine de Saint-Exupéry escribió en su obra universal El principito que solo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos. Así lo hace este escritor y periodista, que firma la crónica de su vida con pequeños detalles, como llamar a mamá aunque solo sea para escuchar un “buenos días”, o los recuerdos, los suyos y los de su padre, “la única patria que tenemos”. Maldito Alzheimer. No somos nada sin memoria. Tampoco sin pasiones. El amor tiene millones de formas, tantas como personas, objetos y lugares hay en el mundo. Siempre tendremos París, querido, o ese paraíso, la ficción, nuestra salvación. Màxim se quita las capas de ropa que lleva puestas, me abre las puertas de su casa, literalmente, y de su vida, donde no hay lugar para los prejuicios. Te invito a que ahora hagas lo mismo.

 

 

Escribías recientemente en una columna sobre los lugares amados, y el motor de La parte escondida del iceberg es precisamente buscar en los sitios un recuerdo. Estamos en ‘El comercial’, ¿a dónde te lleva este sitio?

 

A cuando llegué a Madrid a presentar informativos y desayunaba todos los días, o casi todos los días, aquí con Ruth Méndez y Agustín Hernández, cuando éramos novatos e inexpertos. En este lugar siempre corrijo las novelas, siempre hago las entrevistas. Tiene algo de magia.

 

Es el café más antiguo de Madrid.

 

Sí sí. Siempre han tenido mis libros por aquí. Es un lugar que me da un buen café (risas). Me da tranquilidad. Ya que hablabas de lugares amados, también es un lugar en el que he tenido citas.

 

Es la primera vez que vengo.

 

Yo lo he usado mucho (risas).

 

Da igual dónde vayas, la única patria que te conecta son los recuerdos.

 

Solo. Cuando estás fuera, la única patria que tienes es el recuerdo. El recuerdo del sabor de la comida de tu madre, del frío de las sábanas en casa de tu abuela. Donde te vayas, nunca eres de allí; y cuando vuelves, tampoco. El gallego que se va a vivir a París siempre será el gallego. Y en Galicia, si vuelve, será el de París. El que cambia de lugar, el que emigra, acaba siendo de ningún sitio. Entonces, la única patria que tenemos son los recuerdos.

 

Los tienes siempre muy presentes en tus novelas.

 

Sí, tengo tendencia a la melancolía, a la nostalgia y a tirar de recuerdos, hasta para escribir artículos.

 

Sin nuestra memoria no somos nada. Tú lo sabes mejor que nadie, por lo que tuvo que pasar tu padre.

 

Cuando escribí La noche soñada, donde hablo de la memoria, los recuerdos y el Alzheimer, nunca pensé que luego lo viviría. Me di cuenta de que ya estaba preparado, ya había estudiado y me había interesado mucho por el tema. No somos nada sin memoria. Ante algo tan duro como es el Alzheimer, los demás tenemos que obligarnos a ser la memoria del que no la tiene, porque sigue existiendo. La memoria es necesaria. Solo somos memoria. Memoria para no cometer errores, memoria para cometerlos si quieres, memoria para recordar de dónde vienes. La memoria es como el faro que te dice dónde estás, de dónde vienes y a dónde tienes que ir.

 

Pero los que tenemos suerte de tenerla siempre chocamos con la misma piedra.

 

No hay más que ver la política. La memoria a veces es muy escasa. Hay gente que creo que la borra a propósito porque no quiere ver errores que se cometieron. A veces, no solamente la memoria, también los libros. Galdós ya escribió todo lo que está pasando, incluso Unamuno. Parece que algunos, aunque tengan memoria, no quieren mirar atrás en cuestiones de política. Eso solo te lo puedes permitir en el amor.

 

¿Qué tal estás?

 

Mayor. Me he hecho mayor de pronto. Los últimos tres años han sido durísimos emocionalmente. Mucho. Aunque todo el mundo pierde a sus padres, porque es ley de vida, el hecho de que no esté me hace sentir mayor.

 

¿Sigues llamando a casa?

 

Sí, muchas veces. Me gusta romper la distancia con la cercanía de la voz. Me gusta llamar a mi madre todos los días, aunque la llamada dure veinte segundos. No es necesario tener conversaciones trascendentales, solo saber que está ahí. El efecto del teléfono es balsámico. Si te dice que está preparando la comida, a ti ya te huele. La llamada es necesaria, de hecho, hay que abusar de ella. No entiendo a aquellos que dicen que llamaron a su madre hace diez días. Cuando no puedas llamar...

 

Ya no se utiliza hoy en día, se abusa del WhatsApp. Pasa un poco como con los amigos.

 

Sí, parece que tienes muchos amigos y luego no tienes ninguno.

 

Son conocidos.

 

Sí sí, son solo conocidos. Tenemos un montón de conocidos, una barbaridad. Amigos, muy pocos. Amigos son los que te llaman. Manu, un amigo mío de 31 años que vive en París, utiliza un teléfono de solo llamadas. Así sabe quiénes son sus amigos. Lo más moderno al final va a ser lo antiguo (risas).

 

Volveremos al teléfono tradicional.

 

¡Acabaremos hablando por teléfono!

 

 

Seguro que le ha salido muy bien la jugada.

 

Le ha salido bien. Quien es tu amigo está. El enviar un mensaje, jo, es frío. Yo soy de los que reniega a tener conversaciones por WhatsApp porque nunca sabes el tono, no hay acotaciones y uno las lee dependiendo de su estado de ánimo.

 

Siempre hay malentendidos.

 

Todos todos. Por eso ahora se llevan las notas de voz. Me parece absurdo, coño. Llama. Es más práctico. Puedes tener una charla de diecisiete notas de voz, pero si llamas, lo arreglas en un minuto y no hay malentendidos.

 

He leído que te consideras escritor antes que periodista. ¿Estudiar Periodismo era el medio para lograr el fin?

 

Cuando llegué a la universidad y me preguntaron por qué estudiaba Periodismo recuerdo que dije que quería ser escritor. Me dijeron que me había equivocado de carrera. Pero no me había equivocado. Todos los escritores han sido periodistas. Todos todos. Desde García Márquez y Vargas Llosa hasta Larra o Dickens. Trabajamos la palabra. Es lo mismo. Es algo de los últimos 20 años el mirar raro al periodista que escribe. En el fondo lo que quieres es comunicar. Un reportaje es un minirelato. Depende de cómo lo escribas. Es el tiempo lo que cambia.

 

El periodismo narrativo emplea la narración de la ficción.

 

Hay un montón de reportajes en prensa que son literatura. Periodismo no es escribir solamente sobre el último pleno o las últimas declaraciones de Puigdemont. Son muchas cosas, sobre todo literatura.

 

No opinas sobre la actualidad.

 

Desde que están las redes sociales, todo el mundo opina, es maravilloso. A mí me encantaría escribir algo, pero que no opinen sobre lo que he escrito yo. Coño, que escriban lo suyo. Y si quieres, opina, pero no vengas a insultar. Se ha generado la facilidad del insulto y eso desemboca en una censura absoluta de cada uno. Es como si tú estás cenando en tu casa y uno de tus amigos te pone "cabrón" en la pared con rotulador. Creo que el debate es maravilloso, pero las redes han banalizado el diálogo y lo han llevado al odio. Al final se te quitan las ganas. Tengo criterio sobre Cataluña, el PP... mil cosas, pero opino con mis amigos. Me he censurado. Sí, por cobardía.

 

El Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk suele decir que escribe porque solamente modificando la realidad puede soportarla.

 

Yo he escrito desde pequeño para huir de la realidad. De pequeño leía para huir de una infancia que no fue maravillosa. La infancia está sobrevalorada. Dura muchísimo, no se acaba nunca. Las infancias son idílicas. Yo escribía para crearme otros mundos. Luego descubrí que había grandes como Ana María Matute que les pasaba lo mismo. La ficción es un paraíso que tú te creas. Cuando empiezo una novela, me meto en un lugar en el que decido empadronarme. La ficción me ha salvado muchas veces. Me salvó de momentos periodísticos en los que no estaba a gusto.

 

¿El 'problema' del nacionalismo es solo político, como nos quieren hacer ver, o también cultural?

 

Emocional. Los nuevos nacionalismos son muy emocionales. Los nacionalistas me recuerdan mucho a las beatas que van a misa que no se cuestionan nada porque acaban diciendo “palabra del Señor, te alabamos, Señor”. Diga lo que diga el líder, jamás se cuestionan nada. Los nacionalismos tienden a cuestionarse pocas cosas. Me parece poco saludable. A mí me gusta cuestionarme todo. Desde la religión hasta la política. Me creo muy poco a los 'salvapatrias'.

 

¿Qué es más importante: saber mirar o la mirada que tiene uno sobre algo?

 

Estamos en la misma cafetería y cada uno se irá con una sensación diferente del mismo lugar. La capacidad de observación está en cada uno. Hay gente que entra y se fija en alguien solitario que está leyendo, otra que han cambiado el suelo y otra en el aroma. Todos en el mismo lugar tenemos miradas diferentes. Eso se puede llevar al periodismo o a la literatura. A veces hay que ponerle ganas. A mí me gusta mucho mirar.

 

La vida es 80% amor y el 20% trabajo. ¿Cumples esta definición?

 

No sé si la cumplo. Lo intento. Un alto porcentaje que hay en todos nosotros es amor. Cuando hablo de amor me refiero a las relaciones sociales, familiares, de pareja. Es lo más importante que hay en la vida, lo único que nos queda. El resto es trabajo. Y tiene que ser siempre así, es decir, poco. Deberíamos trabajar todos menos.

 

El amor está en todas partes.

 

Y aquí no se puede respirar (risas).

 

Muchos dicen que lo más importante de la vida es el amor, pero no el de pareja.

 

Sí, porque el amor es muchas cosas. Amor a los libros, a los muñecos que te compras... hay que tener pasiones. Sin pasiones no somos nada.

 

Pero el amor de pareja es el que te hace volcarte más, el que más te arranca.

 

Pero porque el amor de pareja conlleva sexo y pasión. Una pareja sin sexo es un aburrimiento. El amor de pareja es voluntario. El que tienes hacia tu madre no es voluntario, te viene de niño. El amor que tú decides es el de pareja y el de tus amigos, pero con tus amigos no follas. No me pongas caras. Entonces, implica pasión. Y la pasión te desordena la agenda. Y todo lo que te desordene la agenda es vida, por eso es el que más agita.

 

Cuando tienes pareja, el amor hacia ti y hacia los tuyos cambia. Como que ese amor deja de tener tanta importancia.

 

Eso es ley de vida. A tus padres los quieres, los necesitas, los aborreces y, de pronto, a tus 46 años, te das cuenta de un montón de cosas que han hecho por ti. Te arrepientes de los abrazos no dados, de no haber tenido conversaciones, pero es ley de vida. Si mi padre siguiera viviendo, siendo consciente de que se va a morir, cambiaría. En el amor todos cometemos el error de acostumbrarnos a que están. Eso es malo en la pareja, en la familia y en los amigos.

 

¿El amor tiene límites?

 

No. En el amor tienes que perder hasta la dignidad. ¿Qué haces con un saco de dignidad en tu casa? Bulto. No te vale para nada. En el amor te tienes que dar la vuelta, si no, ¿de qué vale? Tienes que hacer el ridículo, perder la vergüenza, el pudor.

 

Y si sale mal, ¿te quema o te ayuda?

 

Alguna que me ha salido mal me ha valido para escribir, con lo cual alguna hipoteca he sacado (risas). Lo que ha ido mal siempre ayuda incluso hasta para la siguiente pareja.

 

¿Sigues teniendo tu casa llena de libretitas, pósits y fotografías recortadas?

 

Demasiadas libretitas. Ahora he empezado a tirar cosas, desde alguna circunstancia he empezado a acumular menos y a darle valor a otras cosas.

 

Tiene que ser lo más parecido a una comisaría.

 

La sala de estudio donde trabajo sí. Hay fotos de amigos, de amigas, pósits con alguna frase que alguien me ha dicho, un posavasos de aquí, un crucifijo que me dio mi abuela, un perro de un ex... mil tonterías.

 

¿Qué opinas de la nueva generación de escritores que sale de las redes sociales?

 

(Suspira y mira hacia arriba) ¿Las redes sociales como eco, como altavoz, o como uso para escribir?

 

Los nuevos 'poetas'.

 

Ahora a todo le llaman poesía. Ponen un punto y aparte y creen que es poesía. Todo el mundo ha escrito cosas en sus carpetas del colegio, mensajitos de amor y notitas. Las redes dan eco. “Me desperté por la mañana y faltabas tú, qué fría estaba la sábana”. No. Tampoco nos vengamos arriba. No todo es literatura, solamente que tu carpeta ahora la leen muchos (risas). Como ahora se lee menos, están más de moda los libros de neopoesía, que son como nuevos 'poetas' que escriben pensamientos. Pero, oye, si eso genera lectores... No voy a decir ningún nombre. Ya sé adónde has ido.

 

Si tengo 40 mil seguidores en redes sociales, una editorial viene y me encarga un libro.

 

Sí sí. Sé de lo que estás hablando. Te pide un libro de pensamientos y frasecitas.

 

Aunque no lo tenga escrito todavía. Un libro por encargo.

 

Pero libros por encargo también los ha tenido Marsé o Mendoza.

 

Es distinto. Esa gente ya tiene una tradición literaria.

 

Mi primer libro fue un encargo, aunque no era no lo primero que había escrito. Hice algo para divertirme durante dos meses en verano.

 

¿Cómo surgió que te lo pidieran?

 

Te leen artículos, te llaman y ya está. Estos a los que te estás refiriendo conectan con alguien, con una sensibilidad o un perfil de público. Eso hay que valorarlo. Charles Dickens alargaba los cuentos, los publicaba semanalmente, o diariamente, en prensa. Así le pagaban más. Ahora es Twitter. No estoy comparando, veo las circunstancias de cada época.

 

 

¿Ha mejorado o ha empeorado la calidad literaria?

 

No doy a basto a leer todo lo que hay. Se produce más, pero no por eso debemos decir que todo lo que se edita es malo.

 

Hay más bueno y más malo.

 

Lo mismo pasa con el cine norteamericano. Allí se producen más películas.

 

Solo el 6,9 por ciento de los españoles son lectores medianos -que leen más de un libro al mes-.

 

La gente tiene demasiados inputs. El móvil te despista para todo. Muchos canales, mucho Netflix...

 

Ahora existen más posibilidades.

 

Se lee menos porque hay más cosas que hacer. Hay más posibilidades de despistarse y leer requiere de una concentración. Por eso ahora gustan todas las cosas cortitas, toda esa poesía de la que hablabas antes, porque requiere menos tiempo. Es la nueva literatura de Twitter, te doy la razón. Textitos más cortos con fotos, más o menos cursis, más o menos profundos... En la época de Jane Austen estaban sentados hasta la hora de la cena. ¿Qué hacían junto a la ventana? Coger un libro y leer. En las prisiones se lee más porque no hay inputs.

 

Decías que te consideras nostálgico, melancólico.

 

Desde pequeñito. Soy un poco gallego. Al principio creía que era un defecto.

 

Pienso lo mismo.

 

Pues no lo es.

 

Está mal visto ser un blando.

 

Reivindico la bondad, la blandura, la ternura, todo lo que me haga sentir bien. Durante un montón de años te llevas la contraria e intentas disimular, luego te das cuenta que no vale para nada. Haz lo que te salga de los cojones. Si te gusta presumir de algo que has leído que políticamente no luce, no presume... porque claro, queda muy bien decir que lees a Jabois, pero a otros no queda tan bien. Lee, haz y escribe lo que te de la gana. Lo mismo te puede gustar una canción de Pastora Soler que una de Sting o de Sia. Me da igual. Qué más da. Estoy hasta los cojones de los prejuicios culturales. También de los hípsteres que provocan otro tipo de juicios yendo de modernos. Me río de los nuevos modernos yo.

 

Muchos agradecerán lo que estás diciendo.

 

Pero yo tenía miedo. Me he dado cuenta de mis errores. Ahora me gusta mostrar mis debilidades emocionales, los rincones de la familia, el costumbrismo. Me gusta hacer un artículo de una taza de chocolate, no tengo que hablar de la última cumbre de Kioto. Me he dado cuenta que la vida está en las cosas pequeñas, en la ternura y en el café con un amigo.

 

Todos somos iguales en ese sentido.

 

Pero todos nos pasamos la vida disimulando para ser otros.

 

Es curioso como tú, una persona expuesta al público, eres capaz de mostrarte tanto en tus libros, sobre todo en el último.

 

No debería haberlo escrito.

 

Pero es algo bueno. Muestras tus errores en el amor, tus preocupaciones, tu vida. Hoy en día salimos a la calle disfrazados.

 

Toda la vida. Te disfrazas desde pequeñito para parecerte a los demás. Te disfrazas en la adolescencia para permanecer al grupo. Te disfrazas de mayor para parecerte a aquel que quieren contratar. Llega un momento en el que te sobra ropa.

 

Pero pocos se desnudan como tú.

 

El síndrome del impostor me cansa, me agota.

 

Ya nadie deja su número escrito en una servilleta, ya nadie dice “me gustas”.

 

Porque tenemos miedo a la opinión de los demás, por eso a veces no opinamos, por miedo a la crítica. Eso me parece del siglo XIX. Ir ligero de equipaje es lo más cómodo. He llegado a quitarme corazas, a escribir lo que quiero, sobre cosas que me interesan, que son el paso del tiempo, los sentimientos y la vejez, porque me llenan más. Soy yo quién decide, nadie me obliga a escribir. Cuando decides tú tu hoja de ruta, es mucho más cómodo y satisfactorio, es más de verdad. Las cosas de verdad llegan. Te creías a tu madre cuando te curaba una herida con saliva porque había verdad. La verdad siempre funciona.

 

Hablas de que en París construiste tu infancia ficticia y cuando estás allí eres el que debiste ser. ¿Quién debió ser Màxim Huerta?

 

Un crío feliz. Supongo que todos los niños deben ser felices, porque la infancia debe ser feliz, pero no siempre todas las habitaciones están bien iluminadas. No todas las casas son casas felices. París es un lugar que yo de pequeño relaciono con la ficción. Tenía unas tías que venían de allí con otros aromas, otras ropas, otros sabores. Era el exotismo. Para mí, eran la salvación. Seguramente no eran tan maravillosas, pero en el niño se genera una ficción. París se convirtió en Oz. En París no he tenido infancia, hay una nacionalidad emocional que de pronto no existe.

 

¿Te has empadronado ya en París?

 

Hay habitación y casa (risas). Me he empadronado en el que quiero ser.

 

La relación que tienes con ella es de fascinación, admiración y roza la obsesión.

 

Todo. Fetichismo. Obsesiones por bobadas como los carteles, los bordillos, la farolas (risas), nimiedades de una cafetería, la forma de ser y, sobre todo, por la parte cultural. Han renovado la pintura, han creado la magia del cine, la literatura, la moda... Siempre han sabido dar un paso antes que los demás. Eso me fascina.

 

¿Volverá Destinos de película?

 

Ojalá, pero como La 1 lo repite, lo ha repetido ya cuatro veces... de momento no. Todas las propuestas que me han hecho de televisión no me gustan. No me generan emoción como para enamorarme. Estar por estar, no. Hacer un programa por hacer, tampoco. No soy de los que por escribir no tengo que hacer televisión, eso los hípsteres y los pura sangre que creen que no se pueden hacer dos cosas a la vez. Se reiría de eso Colette, Fitzgerald y todos los demás. Se pueden hacer mil cosas a la vez y no estar loco. Siempre se mira a la tele como algo sucio.

 

Has terminado el manuscrito de tu próxima novela.

 

Sí, es algo horroroso. Acabar una novela y corregirla es como construir un edificio y entrar dentro tú solo antes de que entren los inquilinos. No sabes si los acabados están bien, si está bien de luz, si el agua funciona. Ahora estoy con ese miedo de 'soltarla' porque se quedará impresa en un libro. Es una novela muy luminosa, después del 'iceberg' necesitaba escribir algo con ruido de playa, con olor a pinos... necesitaba respirar después del pozo en el que me metí. Te parecerá un ejercicio de vanidad, pero me da absolutamente igual, me la leí de un tirón. Es la primera vez que me pasa con una novela.

 

¿Para cuándo?

 

Febrero.

 

 

 

¿Volverías a escribir el 'iceberg'?

 

Así no. Mi editora me dijo “este libro lo escribirás dentro de 20 años y será diferente”. Cambiaría muchas cosas.

 

Cuando te vacías tanto en un libro, ¿eres capaz de volver a sentir las cosas que sentías en el momento que las concebiste?

 

Incluso de decir “joder, qué duro”. El otro día leí la página 167 del 'iceberg' y pensé “¿cómo escribiste esto?”. Yo no soy de los que me releo, eh. Cuando lees una novela, te marca en tu vida diaria, y cuando estás escribiendo una novela, tu vida diaria marca lo que escribes.

 

Es como un cajón de fotografías.

 

Pues, mira, sí, eso me gusta, me lo quedo. Como llevaba mucho tiempo obsesionado con la memoria, el 'iceberg' quise escribirlo para que no se me olvidara. A lo mejor, cuando lo lea dentro de 30 años, diré “qué inocente”.

 

¿También lo escribiste para que no te olviden?

 

Creo que no lo ha leído.

 

Pamuk también dice eso, que escribe para no ser olvidado.

 

Me parecería de un ego... eso que lo digan otros.

 

No por la literatura, sino por alguien en concreto.

 

Ahí te doy la razón. En el 'iceberg', por un lado, quería explicar una parte de mi infancia, y por otro, revisitar los lugares en los que fui feliz, no para recuperarlos, sino para decir adiós.

 

Una película.

 

Quedarte con una es una putada. Me gusta mucho Eva al desnudo y la trilogía del Antes, pero son tres. Qué maravilla los que la habéis visto del tirón, cabrones. Algunos hemos tenido que esperar 10 años para ver la siguiente.

 

Una canción.

 

Un vestido y un amor, de Fito Páez. Me gustan muchas. Puedo recurrir al tópico: No me arrepiento de nada, de Edith Piaf. De hecho, el final del 'iceberg' es un homenaje a esa canción: ya está todo pagado, bailado y barrido.

 

Un libro.


Alguno de Ana María Matute, Paraíso inhabitado, por ejemplo.

 

 

Fotos: Adrián Viéitez

 

  

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