Gonzo: “Me fío más de los periodistas que de las cabeceras”

  

He conocido a muchos compañeros periodistas, pero pocos que vivan con tanta pasión esta profesión como Fernando González 'Gonzo' (Vigo, 1976), o que simplemente vivan como él lo hace. “Espero que la muerte me pille siendo joven”, dice. Como cuando era un novato, trabajaba en la radio y mandó un vídeo fumándose un porro a Caiga Quién Caiga. “Le debo mi vida”. Efectivamente, lo cogieron. Suerte y talento, un compendio tan necesario como deseado. Desde entonces, ha hecho un programa que le daba mucho dinero, pero lo dejaba sin sueño; y, ahora, sus reproches a los políticos son también los nuestros, es el reportero estrella de la televisión en El Intermedio. Admite que ya no le quedan deseos por cumplir, solo ver consumar los de sus hijos: “Mi objetivo profesional es poder seguir teniendo un trabajo que me permita darle a mis hijos todas las oportunidades del mundo. Y en el mundo en el que vivimos, las oportunidades cuestan dinero”. Menudo padrazo (y qué padrino).

 

 

Cuando eras estudiante y llamabas a alguien famoso te jodía mogollón que te dijera que “no”. ¿Algo ha cambiado desde entonces?

 

Sí. Ya no soy estudiante, tengo bastante más edad. Ahora, me llaman a mí e intento decir siempre que “sí”. Si digo que “no” es porque no puedo ser omnipresente, no puedo estar en dos sitios a la vez. La primera vez que me dijeron que “no” fue mi gran decepción y me dije que yo nunca lo haría. Fue estudiando la carrera, en Salamanca, cuando a un presentador de la tele, que de aquella lo petaba, le pedimos que viniera a la facultad a dar una charla. Su respuesta fue “¡encantado! De 300.000 pesetas para arriba hablamos”. No teníamos pasta. Me quedé pensando “¿este tío no habrá sido estudiante?”. Me jodió, por eso intento responder siempre. Hay algunos viernes que me siento a las nueve de la mañana en una cafetería de al lado de mi casa y hasta las dos están pasando estudiantes.

 

¿Cómo llevas que ahora seas tú el famoso al que quieren entrevistar, te incomoda?

 

Al contrario. Me encanta poder estar en contacto con nuevas generaciones, mis nuevos competidores, que son la savia nueva de la profesión. Me gusta ver por dónde van. Aprendo. Y considero que es una obligación, por lo menos para mi forma de entender la vida. Luego, intento también enseñarles algo. Me hacía mucha gracia cuando los primeros venían y me hacían siempre las mismas preguntas, porque se leían la Wikipedia. Entonces, empecé a editarla y a meter mentiras. Venían y me preguntaban por cosas que no eran ciertas. La cagaban. Nunca les decía que les había inducido al error (risas).

 

¿La ilusión y las ganas de afrontar una entrevista siguen siendo las mismas?

 

Tengo más. De aquella, tenía las ganas de un tío que estaba empezando y que amaba la profesión. Yo sigo amando la profesión, pero es que ahora tengo una responsabilidad todavía mayor. No puedo ir a una entrevista que van a ver dos millones de personas y no ir preparado. Mi principal motivo de cabreo con mis jefes es que me manden entrevistar tal día a un tío que ha publicado un libro. Si me dicen que no lo tienen, no hago la entrevista. No puedes entrevistar a alguien sobre un libro sin habértelo leído antes. Aunque haya llegado a un punto en mi carrera no significa que me conforme. Al contrario. Cuanto más importante es mi labor, intento ponerle más ganas. No he perdido esa ilusión.

 

¿Qué te hizo llegar a donde estás ahora?

 

Son muchísimas circunstancias. Primero, haber estudiado esto, dedicarme al periodismo. Segundo, no decir nunca que “no”. Ahora, estoy en otro momento de mi vida, pero al acabar la carrera, la primera llamada era para vivir en Santiago por 60.000 pesetas -360 euros- al mes. No dije que “no”. Dejaría de comer o lo que sea, pero era un trabajo recién acabada la carrera. Durante una época, lo que quería era crecer, no me importaba el bolsillo. Es muy importante no cerrarse puertas. Es una habilidad que reconozco que sí que tengo y me ha servido. Me suelo llevar bien con la gente con la que trabajo.

 

¿Aunque te caigan mal?

 

No, si me caen mal, no. Por suerte he coincidido con gente buena. Mi primer trabajo me viene porque había hecho prácticas en Radio Nacional (RNE) y guardé muy buena relación con el jefe. Cuando se enteraron de que en Santiago buscaban a alguien, me llamaron. Entiendo no solo porque les cayese bien, sino porque consideraban que podía hacer el trabajo. La suerte también es necesaria. Te cuento una anécdota para que veas como la suerte es vital. Hice unas oposiciones para quedarme en RNE en Lugo, me llaman y me dicen que tengo la plaza. A las tres horas, me vuelven a llamar y me dicen que “no”, que se habían confundido. Me quedé sin plaza. Para mí ese fue el peor día de mi vida. Tenía un trabajo fijo y, de repente, estaba en el paro. Pero como me hicieron una putada, me ofrecieron ir a Santiago a hacer una serie de reportajes por el año Xacobeo. El ir a Santiago me permitió trabajar con un técnico que tenía una mujer, y el hermano de la mujer del técnico era director de contenidos de CQC (Caiga Quién Caiga). Un día estando en casa con ellos, la llaman diciendo que necesitaban un periodista de urgencia. Y hoy estoy sentado aquí contigo haciendo esta entrevista. Si yo hubiese aprobado las oposiciones de RNE, nunca habría estado en esa casa. La suerte es importante.

 

Es un compendio de suerte y trabajo.

 

La suerte hay que buscarla, pero si yo no tuviese el talento o las aptitudes... Oye, hice dos castings, los pasé, seguí los tres años en el programa, no me echaron... después, acabó el 'Caiga' y me llamaron para otro programa. Tendré algo que a la gente le interesa.

 

El otro día, leyendo la historia de cómo entraste en CQC, me estaba descojonando. ¿En qué momento se te ocurre mandarle al jefe un vídeo fumándote un porro?

 

Me pedían algo que tuviese grabado y lo que había hecho en la tele hasta el entonces había sido detrás de las cámaras. Solo tenía un vídeo que había hecho con un amigo, con Cuervo, que hoy es guionista de El Intermedio, de un viaje que habíamos hecho. Grabamos un vídeo para los colegas, de pésima calidad. En París, en Bruselas y en Ámsterdan. Yo le dije que solo tenía eso, que era muy loco, que aparecía fumándome un porro en un coffee shop. Se lo mandé y a los pocos días me llamó diciéndome “¿pero tú estás loco?”. Le respondí que se lo había avisado, que no tenía nada más.

 

El mundo es de los atrevidos.

 

Claro. Algo vieron que les gustó. De hecho, el 'Caiga' buscaba el perfil de alguien que estuviera como un puto cencerro. Y si este tío nos manda este vídeo, está como un puto cencerro (risas). Cuando me llamaron, me dijeron que tenía que mandarles algo más serio, donde hiciese de reportero. Pero, vamos, sí, entré mandando un vídeo diciéndole a mis amigos “¡esta marihuana se sale, chavales!”, con veintipocos años. Llevo ese vídeo en mi teléfono siempre. Le tengo un cariño de la hostia a esos once minutos. Le debo mi vida casi.

 

Imagínate la situación. Si hace unos años un brujo o una bruja te dice que conoce tu futuro, ¿dejarías que te lo dijese?

 

No no, que no me dijese nada. Y si me dijese lo que ha pasado, no le hubiese creído ni de coña. Esto lo cuento siempre. En cuarto de carrera, tenía que elegir entre tele, radio o prensa. Elegí radio. Mi madre me dijo “¡joder, Fernandiño, meu, a televisión dá máis cartos!”. Yo le dije que perder el anonimato no me hacía ni puta gracia, irme a vivir a Madrid menos aún y ya tener que vestirme bien, de traje, es que ni de coña. Unos siete u ocho años después, la llamo y le digo “¡mamá, que me han pillado en el 'Caiga'!”. Televisión, traje y Madrid. Sota, caballo y rey. Nunca iría a nadie a que me leyese el futuro, pero si me dijese que iba a pasar esto le diría que dejase de fumar (risas).

 

Una vez dijiste “algún día perderé la juventud”, y, a continuación, exclamaste “espero que sea a los 70”. Cuánto optimismo.

 

Sí, creo que la juventud es algo que se lleva dentro. Se me caen las carnes, me empieza a salir alguna cana, estoy de vacaciones y a las ocho y media estoy despierto... son indicios de que te vas haciendo mayor, pero me sigo considerando una persona joven de espíritu. Me sigue gustando hacer cosas, no pienso en mi futuro a lo loco, no me hago un plan de pensiones. Pienso en el día a día, en aprovecharlo, en disfrutar mucho de mi trabajo, en disfrutar mucho más si cabe de mi familia y en que mis hijos crezcan bien, con oportunidades. El mismo Wyoming es un tío joven y tiene 62 años. El otro día, a las cuatro de la madrugada, yo me fui para casa y el cabrón seguía de marcha. Al día siguiente, daba un concierto. Es un tío con agilidad mental, que sigue con ganas de conocer gente y de vivir aventuras. Eso es lo que considero joven. Espero que la muerte me pille siendo joven.

 

Algún sueño por cumplir, que digas “esto tengo que hacerlo sí o sí”.

 

Mis sueños los reproduzco en mis hijos. Siempre quise saber hacer música. Es una chorrada, pero nunca fui capaz, mis padres nunca se lo pudieron permitir cuando era pequeño y mi cabeza no daba tampoco. Ahora, veo a mi hija tocar el piano y me emociono.

 

El sueño cumplido en otra persona.

 

Mis sueños van un poco por ahí. Mi objetivo profesional es poder seguir teniendo un trabajo que me permita darle a mis hijos todas las oportunidades del mundo. Y en el mundo en el que vivimos, las oportunidades cuestan dinero. He trabajado en el 'Caiga', en El Intermedio con Wyoming, he tenido una empresa, he trabajado para el Celta... son sueños cumplidos. Me estoy dando cuenta, cada vez más, de que lo que me motiva es hacer cosas que me gusten dentro de lo que yo sé hacer, es decir, la comunicación, el periodismo y la televisión, pero, sobre todo, que me permitan seguir dándoles oportunidades de poder vivir bien y mejor a mis hijos.

 

Eres de los que lamenta sus errores pasados o de los que piensa que “si lo hice, es porque quería” y que “lo hecho hecho está”.

 

No no. Muchas veces me preguntan “¿si volvieras a nacer, cambiarías algo?”. No sería fumador de tabaco, sería casi lo único que cambiaría (risas). Todo lo malo que me ha pasado en la vida me ha servido para que me pasasen cosas buenas. Para mí tiene bastante importancia el meter la pata, el cagarla, si sabes sacarle rendimiento. Intento no regodearme en la mierda cuando cometo errores, sino reflexionar y pensar por qué ha pasado y hacer por que no vuelva a suceder.

 

¿Cuál ha sido el error del que más has aprendido?

 

Haber dejado Caiga Quién Caiga para hacer Método Gonzo. Fue una decisión que tomé única y exclusivamente por dinero. Pasé a cobrar tres veces más de lo que cobraba en el 'Caiga'. No quería otra cosa. En el 'Caiga', me ofrecían estar en la mesa, seguir trabajando con mis amigos, gente con la que llevaba tres años, pero me obcequé. Veía el dinero y en función de agarrar todo ese dinero veía lo demás. Había gente que me decía “¡tío, pero como dejas el 'Caiga' para irte a las sobremesas de Antena 3!”. Me intentaba autoconvencer de que podía superar todos los grandes obstáculos que presentaba esa idea simplemente porque quería tener esa nómina. Al segundo mes, dejé el programa. Gané un dinero que creo que nunca volveré a ganar, ojalá pueda, pero no dormía por las noches. Me di cuenta de que me confundí, pero me ha servido porque nunca más he vuelto a poner el dinero como prioridad a la hora de tomar una decisión. Desde entonces, todos los trabajos que he tenido me han encantado. Me fui a Galicia, a la TVG, por muchísimo menos dinero, y fui feliz durante los cuatro o cinco meses que hice ese programa. Cuando me fui a El Intermedio, era un programa que no tenía muy buena audiencia y se daba por acabado, no me pagaban muy allá, pero era trabajar con Wyoming y hacer política. Llevo siete años y se ha convertido en un espacio de referencia. Aprendí a que el dinero no sea el motor de tu vida.

 

En los tiempos que corren, ¿volverías a elegir Periodismo?

 

Sí, no sé hacer otra cosa (risas).

 

¿El periodista tiene fecha de caducidad?

 

Si la tiene, se la pone él. La necesidad de la sociedad de que existan periodistas no caduca. Que ocurran cosas que necesiten ser contadas tampoco va a dejar de pasar. Tienes caducidad si te la pones tú. Conozco periodistas que llegado el momento no quieren seguir ejerciendo el periodismo, o quieren seguir ligados, pero ya como empresarios o asesores, o sea, desde una posición que no sea estar en la calle, buscar la noticia, consultar fuentes...

 

Algo más sosegado.

 

Exacto. A mí no me ha llegado el momento. Estoy haciendo calle, tengo 41 años, y no me apetece plató u oficina.

 

Pues hay muchos de esos.

 

Sí, los hay. Igual lo de mantenerme joven hasta los 70 es porque mientras me sienta joven seguiré teniendo ganas de pasarme el día en Águeda del Caudillo, en medio de un secarral pasando calor mientras todo el mundo me insulta, pero si consigo dos o tres declaraciones buenas, me voy para casa encantado. No veo fecha de caducidad para mi vena periodística y eso que estamos en un momento en el que cada vez hay menos espacios en los que uno puede trabajar y sentirse a gusto, pero si no los hay, habrá que crearlos.

 

¿Cuántas veces a la semana odias la profesión?

 

Odio lo que se está haciendo con ella, cómo se está prostituyendo, cómo se ha convertido en una pata más del poder en lugar del contrapoder. Eso me duele, pero no me resigna. Cuanto más odio esas circunstancias, más motivado estoy para seguir creyendo en el periodismo. Antes, me informaba por El País o alguna cadena de televisión. Si veo que por ahí no me puedo informar, pues busco otras fórmulas. Que hay que pagar por información fidedigna, verídica, de la que te fíes, pues pago.

 

Nosotros vemos que es justo pagar por ello, pero cómo explicar al resto de la gente que es necesario hacerlo.

 

De mi generación, he escuchado a muchos decir que internet está matando el periodismo. Yo creo que le está dando otra vida, que los que se están suicidando son los del viejo periodismo pensando en su mundo y apostando cada vez más y más por lo que eran antes. Se creen que van a sobrevivir, pero eso se está muriendo. Si El País dice que Pedro Sánchez no tiene que ser el secretario general del PSOE, el PSOE elige a Pedro Sánchez. Si El País dice que el PSOE con Pedro Sánchez se va a meter una hostia que te cagas, coge el CIS y con Pedro Sánchez el PSOE se ha puesto a cuatro puntos del PP. Se creen que con una portada pueden cambiar la opinión de la gente, pero eso era antes, ahora no es así. Estamos en un buen momento. Como consumidor de periodismo y como persona activa dentro de la profesión intento ver por dónde van los tiros. El proyecto con el Celta (CeltaMedia) me encantó por eso, estaba orientado a internet y redes sociales. Creo que el periodismo está más vivo que nunca.

 

¿Hay algo de los nuevos medios que te preocupe?

 

Hay una cosa que me da miedo. Muchos de estos medios dicen que quieren tener socios para que no sean las empresas publicitarias las que los subvencionan para que ellos puedan decidir. En El País, El Mundo, el ABC o La Razón no puedes decir nada malo del banco Santander porque se publicita en sus páginas y es accionista. Pero si dependes solo de los socios, la masa acrítica también es muy peligrosa. Por ejemplo, si eldiario.es tiene una línea editorial sobre Venezuela, pero ve que los comentarios de los socios son diferentes, puede que cambie su línea editorial para mantener a esa gente.

 

No es fácil.

 

Es uno de los miedos que tengo, que los nuevos medios se rindan ante el dinero. Da igual que venga de la publicidad que de los socios, pero si te rindes... No es fácil porque hay que sobrevivir, y para eso necesitas pasta.

 

Tú, personalmente, por qué medios te sueles informar.

 

Veo las portadas de los diarios en papel cada mañana. Leo Hipertextual. Me informo por InfoLibre, eldiario.es, algunas firmas de El Confidencial. En televisión, sigo La Sexta, por las mañanas, si puedo, Al Rojo Vivo. En radio, escucho bastante la SER. Y luego, soy de meterme en blogs. Pero, sobre todo, por libros. Creo que la información está en los libros, en pequeñas editoriales. Ahora, está un tema candente y en un mes y medio tienes un libro que te contextualiza y te sitúa. Hay que estar en todos lados. Busco firmas. Me fío más de los periodistas que de las cabeceras.

 

Para eso también han servido las redes sociales, para seguir a un autor en concreto.

 

Claro. Yo, por ejemplo, leía El País Semanal porque estaba Juan Soto Ivars. Ha dejado de estar ahí y ahora está en El Confidencial. Y yo entro en El Confidencial porque está Ivars. A partir de ahí, voy conociendo a más gente y me voy fidelizando. A través de redes sociales, llegas a conocer blogs de gente especializada muy buena.

 

El Intermedio te obliga a guardar una buena forma física, ¿eso también aparece en tu contrato?

 

(Risas) No no no. Aparece puesto en los vaciles de Wyoming. A veces, me dice “¡deja de fumar y vete al gimnasio, joder!”. Lo único que me piden en El Intermedio es que sea yo mismo. Me encanta. Que no me corte, que no me sienta censurado. Lo de la forma física no me lo exigen, pero es necesario.

 

¿Qué son los políticos para vosotros?

 

Son objetos de información. Son los personajes de la noticia, la gente a la que tenemos que vigilar. Para El Intermedio son materia prima. Nosotros tenemos una mina que por mucho carbón que piques siempre hay una veta que aparece nueva. Estos no se cansan. Tanto por las acciones como por las palabras. Todo es muy cómico muchas veces, muy criticable y muy parodiable.

 

¿Te has cruzado alguna vez con alguno de los políticos a los que has atropellado para el programa?

 

No voy a sitios donde pueda coincidir con políticos, aunque alguna vez sí. Recuerdo una vez comiendo en un restaurante en Galicia que estaban en la mesa de al lado Conde Pumpido y Joaquín Almunia. Me miraron raro. A Bieito Rubido me lo encontré en un acto en Madrid y me quería dar la mano, pero yo no se la di. Le dije que ya se la había intentado dar tres veces con una cámara delante y me la había rechazado. A mí me da igual, yo saludo con cámara o sin cámara delante. Se quedó todo flipado. Me invitan muchas veces a comidas o actos en los que va a haber políticos, pero si están en activo no voy porque no me apetece tomarme un café con alguien que al día siguiente le tenga que hacer una pregunta. Prefiero mantener esa distancia, que no haya ningún tipo de relación. Me facilita mi trabajo. Sí he cenado y comido con políticos retirados. Recuerdo comer hace poco con José Antonio Alonso, el que fuera ministro de Interior con Zapatero, que en paz descanse. Me parecía un tipo encantador. Es gente que te habla de la política con distancia y no se corta en contarte esos entresijos que tanto nos gustan a los periodistas. Aunque si ahora me llama Esperanza Aguirre, aunque se haya retirado, no voy a comer con ella. Jabois, por ejemplo, que es un buen amigo, dice que iría. Yo creo que no sería capaz, no estaría a gusto.

 

Tu método de trabajo es distinto al de otros.

 

Pero él también está mucho en el Congreso y habla con políticos a los que luego mete caña. A veces, lo llaman para reprochárselo. El político va mucho a eso. Hay periodistas que viven de llevarse bien con los políticos. Los grandes medios tienen tarjetas de crédito que le dan a los periodistas para que paguen cenas, comidas y copas a políticos porque es la forma de ganarse su confianza y te suelten sus mierdecillas. A las fuentes hay que cuidarlas. Para el trabajo que hago no necesito tener tanta relación. Al contrario, necesito no tenerla para ponerlas en situaciones más complicadas. Pero, si algún día me quieren contratar de corresponsal político en el Congreso, tendría que cambiar mi forma de actuar. Tendría que presentarme a los políticos, intentar intimar con ellos porque necesitaría que confiasen en mí para que me diesen cierta información, aunque no siempre la fuese a utilizar. El periodismo tiene muchas variables.

 

¿Con qué te sientes más cómodo hablando?

 

Me siento cómodo hablando con amigos, gente con la que esté a gusto. Me encanta una comida de seis, siete u ocho periodistas contándonos anécdotas de lo que me ha dicho un político, lo que vi el otro día, lo que pasa en mi cadena, lo que pasa en mi periódico... me encanta reunirme con gente que se dedica a lo mismo que yo. Pero, ¡vamos! Me encanta igual juntarme con mis amigos del barrio y hablar de coches, del Celta, de cosas banales.

 

A los periodistas nos gusta seguir hablando de lo nuestro aun acabada nuestra jornada.

 

Sí sí, eso es cierto. Dos periodistas que están sentados junto a otras seis personas van a darle la espalda y van a acabar hablando de lo suyo. Igual pasa entre los médicos también. No lo sé. Puedes hablar de tantas cosas... El otro día, cenamos Jabois, Wyoming y yo y acabamos hablando de periodismo y de política. Nos dedicamos a esto porque nos interesa la actualidad. Nuestra profesión nos permite estar en contacto con gente que está metida en el ajo. Son conversaciones superamenas. Amigos míos que no se dedican a esto también me preguntan. A quién no le interesa cómo es Rajoy, un ministro o qué es lo que hace el presidente de la oposición. Es normal, quieren saber la intrahistoria. Nuestra profesión es un poco absorbente. Mi tiempo libre lo dedico a leer libros sobre cosas que tienen que ver con mi trabajo, o a ver un peli, pero si me das a elegir entre una de superhéroes y una de periodismo... Es la suerte de dedicarte a algo que te gusta.

 

¿Cuáles son las peores discusiones?

 

Las peores son con mi padre de política. Si he conseguido que me haya ido tan bien con mi perfil periodístico es porque durante muchos años tuve a mi padre de sparring. Nuestra forma de ver la política es completamente opuesta. Mi padre me obligaba a estar preparado, a documentarme. Cuando empecé a salir en el 'Caiga' y a tener a un alcalde enfrente, me acordaba de mi padre. Eran discusiones que tenía en casa todos los días. Pero lo que peor llevo es cuando se me acercan y me dicen “tu programa es una mierda” sin haberlo visto. Te sueltan frases hechas. “Vete a Venezuela”, “trabajas para Maduro”, “cómo se nota que Atresmedia te tiene comprado”. Todas estas mierdas. Yo debato con gente que tenga sus convicciones y me las defienda con argumentos. Me pone de muy mal humor. Mi mujer muchas veces me frena.

 

No merece la pena.

 

Pero para mí es algo muy importante. Me toca los cojones que venga gente y diga “¡los rojos de El Intermedio!”. Son situaciones muy desagradables.

 

Eso es Twitter.

 

También. Twitter es un poco eso.

 

A pesar de llevar tantos años viviendo fuera, en Madrid, sigues muy ligado a tus orígenes. Los gallegos somos un poco especiales para eso.

 

Ahí está mi familia, mis amigos, mi ciudad... Mi familia es del rural rural gallego, de un 'puebliño' muy pequeño de Lugo. He nacido y he vivido en la ciudad más grande de Galicia. He mamado todas las 'Galicias' y estoy enamorado de todas ellas. Me gusta su cultura. Es una raíz que no quiero perder. Me ha dado mucho en mi forma de ser.

 

Igual a un madrileño no le importa tanto pasar diez años fuera de casa.

 

Ya, pero es que un madrileño va a Galicia y al día siguiente vuelve (risas). Tenemos la suerte de ser de un sitio que te ofrece muchas cosas que no hay en gran parte del mundo. He viajado un mogollón y casi siempre digo lo mismo. Las playas del sur del Pacífico son muy bonitas, pero las de Galicia nada tienen que envidiar. Mis compañeros dicen que soy un pesado.

 

¿Alguna otra parte del mundo que te haya hecho sentir como en casa?

 

No no no. Como en casa en ningún lugar. Hay sitios a los que sí me iría a vivir. Mozambique, la Kenia costera, Vanuatu -una isla paradisíaca cerca de Australia-. Mi plan de vida es volver a Galicia cuando no tenga trabajo en Madrid. Nunca he conseguido sentirme en ningún sitio como en casa. Tengo un colega que tiene una teoría científica que me hace mucha gracia, pero la doy por buena. Dice que como el suelo de Galicia es tan granítico, y el granito tiene tanta radiación, luego nos vamos a tierras sin tanta radiación que nos falta esa energía. Mis vacaciones las vengo a pasar a Galicia. Si no estoy los dos meses, estoy un mes y medio. En navidades, también. Conozco gallegos en Madrid que no les pasa eso. Pero yo tengo la suerte de llevarme muy bien con toda la familia. Mi vida está ahí. Ya paso diez meses al año en Madrid.

 

Una película.

 

Cuando no sé qué hacer me pongo El Padrino. El discurso del Rey me parece interesante. Depende de la visión que tengas del mundo y lo que busques.

 

Un libro.

 

El último con el que estaba deseando llegar a casa para seguir leyéndolo fue La España vacía. Pero también El exilio imposible. A un gallego le recomendaría Fariña.

 

Una canción.


Hay miles. Todo depende del momento en el que te encuentres. Siempre algo que me haga sentir.

 

 

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